Hace un par de días, me pesé. Es lo típico, que vas a entrar en la ducha y tu propia imagen te detiene. “¡Menudo culo se me está poniendo!” piensas. Entonces sacas la báscula. Inicias el largo proceso de pesado. Comprobar que el vector “fuerza normal” coincide con el vector “fuerza peso” en dirección, (que no en sentido…) Luego, eliminar cualquier complemento accesorio. Poner los pies en el centro de masa exacto de la báscula… Todo para que el dichoso aparatito no contabilice un gramo de más, y… ¡zás!
Cuando vi aquellos tres números en la báscula, creo que sufrí la mayor dilatación pupilar de toda mi vida. ¡¿Cómo es posible?! ¡Si estoy hecha una foca! ¡Acabo de rebasar mi límite superior de peso! ¡y con Navidad aquí al lado! ¡Esto hay que solucionarlo, pero ya! Empiezo a mirarme a mí misma como un marranillo, que empiezan a cebar para su San Martín.
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Y la solución… pues la de siempre, iniciar ese maravilloso proceso que todos amamos tanto: un régimen.
El primer paso consiste en comprar galletas y cereales de alto contenido en fibra. Esos que cada vez que comes, te recuerdan a pienso animal. Limité mi desayuno a 100 calorías y emprendí mi subida a la facultad. Orgullosa de mí misma, por los tres kilómetros de subida, portátil a cuestas, andando, que me esperaban.
Entonces, es cuando los astros se alinean, para que Murphy y sus teorías cobren todo su sentido. Me cruzo con una pareja muy acaramelada. Ella le pregunta a él, a gritos: “¿quieres un croissant de esos, relleno de jamón york?”… ¡¡¡Mujer, no preguntes eso en alto!!! ¡Que algunos hemos desayunado 100 cutre-calorías!
Con todo el dolor de mi corazón, continúo el camino hasta clase. Con la mala suerte de que llego a la facultad con quince minutos de adelanto. ¿Qué hacer con todo ese tiempo? “Evita la tentación, no pises la cafetería… no pidas una deliciosa media de tomate y un café… piensa en tu propio culo…”. Total, que al final, entro en clase sin comer. El estómago me ruge, pero imagino mis posaderas decreciendo…
Llego a casa. Muerta de hambre, esperando saltar sobre cualquier alimento en la mesa. Pero el universo ha vuelto a jugarme una mala pasada. Un imponente plato de guiso (comida que odio), me mira desde mi sitio en la mesa. Me lo como de mala gana, maldiciendo mi régimen. Imaginando un croissant de jamón york…
Abro el frigorífico. Creo que todo el cosmos se ríe en mi cara, Murphy ataca de nuevo: mi madre ha comprado chocolate relleno de Lacasitos. Llego a la conclusión de que es inútil resistirse. Ya haré régimen más adelante. Creo que la tableta no tardó más de diez segundos en unirse a la digestión del guiso. Ahora, mientras escribo esto, miles de glúcidos emprenden su viaje por mi sangre hasta su nuevo hogar: ácidos grasos en mi enorme culo.
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Lo que me parece más preocupante del asunto es que nosotros, los occidentales, tenemos miedo de destruir cualquier símbolo islámico. Aunque sea en el mundo de la ficción. No nos pasa eso con los símbolos propios. Pero es que la llamada religión de la “tolerancia y la paz”, no sólo nos destruye en la ficción, sino también en la realidad. Con orgullo y satisfacción. 
