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Me veo obligada a compartir este precioso vídeo que retrata, en parte, mi filosofía de vida (o mi enfermedad). No os pasarán desapercibidas las impresionantes imágenes de la vida diaria en Vietnam y Camboya, que tuve la inmensa fortuna de conocer allá por 2009.

“que lo único importante sea pensar en qué hacer en cada momento [...] que cada día no sea un día cualquiera.”

Un año… y un día.

Ayer hizo 27 años que me casé, y un año que nos abandonó el padre franciscano José Antonio Matías Villahoz.

Pensé escribir una entrada; y, de hecho, lo hice. Pero era demasiado triste, un tanto desesperanzada. Y la eliminé. Pensé que él no hubiera querido que su recuerdo me hiciera estar triste, y mucho menos transmitir tristeza a los que le conocían y querían; puesto que él transmitía siempre alegría y sosiego. Así que dejé pasar el día. Y hoy es otro día, un día en el que acabo de volver de San Francisco, de su iglesia. Y cuánto han cambiado las cosas de ayer a hoy.

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Han cambiado porque ayer fui al baloncesto y disfruté viendo ganar a mi equipo, vi el igualado (y aburrido) partido entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, salí a cenar y disfruté de una estupenda noche en familia. Y esta mañana he ido a San Francisco a Misa de 12. Y al estar allí, en recogimiento, y oyendo la homilía de Fran sobre el significado del bautismo de Jesús -magnífica como siempre-, he comprendido que ayer y hoy son días estupendos y maravillosos.

Son días estupendos y maravillosos porque ayer hizo un año y hoy hace un año y un día que el padre Matías nos dejó para encontrarse finalmente con Aquél que dio sentido a toda su vida. Y doy gracias a Dios todos los días por haberme dejado conocerle y por haber tenido el privilegio de oírle unos cuantos años de mi vida. Y por tener la suerte de que me aguantara. He recordado en la iglesia cuanto le gustaba el fútbol, y fumar, y reír y me ha parecido oírle diciendo “Ay, Manuel, ay Manuel… que tonta es esta mujer” con su acento entre castellano viejo y andaluz profundo, tan entrañable. Y he recordado al padre Onofre, su comprensión y cariño en aquéllos días. Y lo egoísta y desagradecida que he sido al estar triste.

Es que tengo que dar gracias no sólo por haberle conocido, sino porque, una vez que marchó, me ha dejado a maravillosas personas con las que comparto una cercanía y un afecto que no podía imaginar. Sus hermanas, con las que hablo menos de lo que quisiera, pero siempre tan dispuestas y tan cariñosas. Y que decir de su gente (y ahora mía), de Chipiona: Rebeca, una estupenda mujer y madre, ejemplo de fortaleza y vitalidad (y aunque igual no deba decirlo, guapísima); Mari Carmen, maravillosa, siempre con la palabra adecuada, de esas personas que tienen un sexto sentido para saber cuando algo no está bien por más que intentes desviar la cuestión. Y Loli, gran ejemplo de alegría, que vive dando su vida a los demás, aunque ya no está en Chipiona y tiene que volver a Granada para mejorar ese café que compartimos.

Por eso, hoy que hace un año y un día que marchó junto al Padre, sólo puedo dar gracias por tantas y tantas cosas como Dios me ha dado. Y tantas como me dio Matías en su vida y tantas como me ha dejado después. Soy una mujer muy afortunada. ¡Gracias, Matías!

Sucedió en Granada

Paseábase el rey moro
por la ciudad de Granada,
desde la puerta de Elvira
hasta la de Vivarambla
-¡Ay de mi Alhama!
Cartas le fueron venidas
que Alhama era ganada.
Las cartas echó en el fuego,
y al mensajero matara.

Acababa de empezar la Guerra de Granada, que acabaría diez años después, un 2 de enero de 1492. Nada bueno se escribió de Boabdil “el chico”, “el desdichado”. Dicen que el rey moro besó unas grandes llaves que tenía en la mano y dijo a Fernando:

Toma, señor, las llaves de Granada; que yo y los que estamos dentro somos tuyos.

Mucho te quiere Dios; estas son las llaves del paraíso.

Cuentan que, camino de las Alpujarras, donde empezaría su exilio, lloraba amargamente. Al mismo tiempo, en la Puerta de la Justicia de la Alhambra, en un pequeño y modesto altarcillo, se rezaba la primera misa cristiana en Granada.

Sin embargo, por haberse tratado de una conquista no sangrienta, los musulmanes del Reino de Granada siguieron practicando su religión, y fueron conocidos como “mudéjares”.

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Se acababa de constituir España, y Granada entraba de un salto en el Renacimiento.
Aquí vinieron a enterrarse los Reyes Católicos, Juana “la loca”, Felipe “el hermoso”, su hijo el infante Don Juan o Gonzalo Fernández de Córdoba “el Gran Capitán”. En la antigua madraza islámica se funda la Universidad. Se construye San Jerónimo, San Juan de Dios o el Monasterio de la Cartuja. Todos ellos obras de arte que, de estar en otra ciudad, habrían valido para hacerla famosa por sí solos.

Pudo haber sido en otro sitio, pero fue en Granada, ese mismo 1492 donde Cristobal Colón firmó el contrato con los Reyes Católicos, que lo llevaría al Nuevo Mundo.

No podemos olvidar la grandeza de Granada. Somos lo que somos por todos estos acontecimientos que han venido a ocurrir aquí. Por nuestra sangre corre la historia de Ibn al-Jatib, Muhammad V, Yusuf I, Samuel Ibn Nagrela, Ayala, Angel Barrios, Eugenia de Montijo, Lorca, Abén Humeya, el Gran Capitán, Don Diego Hurtado de Mendoza, Pedro Antonio de Alarcón, Mariana Pineda, Álvaro de Bazán o el gran Alonso Cano.

Todos motivos suficientes para cada 2 de enero, como desde hace 522 años, gritar un sonoro “¿Qué?” cuando nos digan “¡GRANADA!”. Es importante que no olvidemos nuestras fiestas para no olvidar nuestra historia. Feliz día de la Toma de Granada.

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Recuerdos de Pisa

Mi erasmus en Italia no puede calificarse de otra forma que de aventura. Creo que, en todos los años que he estudiado en Granada, no me han pasado tantas cosas, tantos altibajos como los que he vivido en los diez meses que pasé en Pisa.

Noticia: los paisajes verde Titanlux de la Toscana no son casuales, los respaldan meses y meses de lluvias sin fin.

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Dicho esto, empecemos por el principio. En el ecosistema italiano existe una especie especial y autóctona que no se encuentra en ninguna otra región del mundo: los caseros. Los erasmus los describen como “ese ser al que, cuando crees haber timado, te ha timado él a ti tres veces”. Y puedo decir sin miedo a equivocarme, que ningún erasmus llega al país de los spaghettis preparado para lo que se encontrará allí. Así pues, me propuse a emprender la más surrealista de las incursiones en la cultura italiana: la búsqueda de un piso.

A este punto, más de uno de mis colegas erasmus hizo sus maletas y volvió al sol de la amada España. Algunos valientes quedamos allí, dispuestos a todo (bueno, casi) por encontrar un lugar habitable.

Para resumir me referiré a un par de términos comunes en la búsqueda de casa. “Vicinissimo” es cualquier distancia que el ser humano pueda recorrer a pie en una hora; “ristrutturato” quiere decir que te van a alquilar la casa mientras le hacen las obras y “4:1″ es la proporción inquilinos:baños que entra en los cánones de comodidad estudiantil italiana. Así las cosas alquilé una pequeña habitación en el centro de Pisa en un piso a compartir con tres chicas más donde sobreviví a meses de relámpagos, lluvia, truenos y días en los que parecería que el cielo caería sobre nuestras cabezas.

Con el tiempo descubrí que las paredes de mi habitación estaban hechas con unos tablones de madera, que un simple estornudo de mi compañera de casa retumbaba en mi cuarto, o que la luz del pasillo y de la habitación de mi compañera entraba por encima de la pared. Eso sin olvidar que pagaba bastantes euros de alquiler más que ella. En resumen, que mi estimadísimo “casero italiano” me estaba timando de lo lindo.

Valientemente (no se me ocurre otro adjetivo) negocié otra casa a la que mudarme. Parecía estupenda. Tenía salón, impensable en Italia. Hice mi mudanza. Apenas llevaba allí viviendo un par de días descubrí una gotera en el techo. No una pequeña gotera… no, aquello semejaba las Cataratas del Niágara. Llamé airada al nuevo casero. “No, no te puedes quedar ahí”. “Arreglaré el problema y te llamaré cuando puedas volver”.

Total, que maletas a cuestas decidí volver a la habitación de los tablones. Cuando llego y toco a la puerta, descubro ¡que en mi habitación ya estaba viviendo una sueca! ¿En serio?

Situación: lluvia, truenos, relámpagos + niña sin casa. Creo que nunca en mi vida estuve más cerca de dormir debajo de un puente. Circunstancia que, oportunamente, coincidió con mis primeros exámenes en Pisa.

Sin embargo, y a pesar de todo, la conclusión es positiva. Tenía unos amigos que me dejaron quedarme en su casa casi un mes mientras encontraba un nuevo alquiler. Gente altruista, que no pidió nada a cambio. Aquellos cuya hospitalidad, en el peor momento, el dinero no puede pagar. Nunca me quedé en la calle porque gente a la que apenas conocía de unos meses, se ocupó de mi. Con ellos estudié mis primeros y durísimos exámenes en italiano, mientras nos preguntábamos, los unos a los otros, si los profesores habían sido generosos. Compartimos incontables cafés de 35 céntimos. Y empezamos a medir la vida en unidades del 0 al 30. Algunos exámenes se rindieron fácilmente, y fueron cayendo como fruta madura de un árbol. En otros, como en pediatría, hubo que ir a recoger el fruto a la copa de un pino (y más allá).

Llegó el verano y salió el sol. Y yo estaba en la maravillosa Toscana. Con “Igiene” dije adiós a mi última tarde de estudio en la biblioteca de Filosofía. Y a pesar de que mi erasmus se había acabado ya, quise quedarme allí un mes más.

Hice fiestas, me apunté a un equipo de fútbol, hice más deporte que nunca, cené, viajé y viví con italianos, e incluso tuve tiempo de enamorarme de alguno. Conocí amigos de esos que son para toda la vida. Y, desde el momento que cogí el avión de vuelta a casa, supe que dejaba un trozo de mí en aquella preciosa ciudad de torres que se tuercen y techos con goteras.

Ciudad de Oro

Llegamos a la Ciudad Vieja de Jerusalén por la Puerta de Yaffa. Esa misma por la que durante siglos entraron los peregrinos y nos adentramos en David St. Igual es cosa solo mía, pero esa calle estrecha, transitada en exceso y con diminutas tiendas a cada centímetro de sus lados, me recordaba, en cierto modo, a la alcaicería de mi Granada natal. Recorrimos esa calle de arriba a abajo unas tres o cuatro veces, me sentía emocionada por dejar las grandes avenidas de Tel Aviv y sumergirme en el íntimo olor a incienso de Jerusalén.

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El hostal que elegimos cumplia los requisitos de ser económico y estar en plena Ciudad Vieja. De esos que aparecen en la guía de Lonely Planet y Trip Advisor como “pintoresco”. Flanqueaban la entrada un par de árabes, que pedían, ceja alzada, que pagases el coste total de tu alojamiento. Las escaleras crujían bajo las alfombras que cubrían todo el suelo y un par de grietas y grapas de metal en la pared sugerían que no estábamos en el sitio más lujoso del mundo.

Sin embargo, todas mis objeciones terminaron cuando, al final de las escaleras, llegué a la terraza. El suelo no era horizontal, y subía y bajaba. Nadie había allí. Unos se duchaban y otros chateaban en la planta de abajo, el último lugar donde llegaba la cobertura de internet.

Sin señal. Incomunicada. Tan emocionada con lo que veían mis ojos que empece a hacer fotos: panorámicas, más exposición, menos, arriba, abajo… Ni una sola de ellas me pareció buena. Era demasiado. Me deleité con ese momento. Tan borracha de felicidad que casi quería gritar. Sola, en ese techo. Pensé en esa colección de errores y de decisiones impulsivas como la que me llevó a pedir una beca a Israel de un día para otro. Y entonces me di cuenta: toda mi vida había conspirado para que yo estuviese en ese destartalado hostal.

A mi derecha la Ciudadela de David, delante de un manto de estrellas tan nítidas que prácticamente se veía su titileo. A la izquierda la Ciudad Santa y la Cúpula de la Roca. Sonaba de fondo música hebrea tradicional del concierto “Night Spectacular”. Realmente lo era.

Miré los adoquines de la calle, que brillaban ligeramente con el alumbrado público. Hay una pequeña plaza nada más atravesar la puerta. Desde allí se podía ir a la izquierda al Barrio Cristiano, a la derecha al Barrio Armenio, y al frente (por David St.) a la zona Este, que es el eufemismo con el que los judíos se refieren a la parte árabe.

De pie en esa terraza podía imaginar las heridas abiertas en los pies de los peregrinos, las bocas sedientas. La entrada del general Allenby a pie, y el sonido de sus palabras retumbando contra los muros de la fachada. Imaginé las tumbas de los arquitectos de la puerta, debajo de ésta. Según cuenta la leyenda, Suleimán los mandó ejecutar nada mas concluir su obra, porque el Monte Zion y la tumba del Rey David habían quedado fuera. Ví a un Santo Tomás incrédulo tocando las llagas de Cristo en la calle al Barrio Armenio. Hasta aquí vino el Profeta Mahoma desde la Meca, a la misma piedra donde Abraham casi sacrifica a su hijo Isaac.

No hay un recodo de la Ciudad Santa que no hable de milagros, masacres, religión o conquistas.

Hay que dormir, al menos una vez en la vida, bajo las estrellas de Jerusalén. En esta ciudad que sobrepasa lo humano.

ImagenEcho de menos Granada. Me falta mirar por la ventana y ver Sierra Nevada. Las calles serpenteantes del Albaizin y su olor a incienso. Subir y bajar sus cuestas. Ver la Alhambra desde tantas perspectivas como si llevara un caleidoscopio en la mano. Atardecer en San Nicolás con una 1925 en la mano y el sonido de una guitarra flamenca y una garganta desgarrada. Echo de menos la paella del domingo en casa de la abuela y arreglar el país y parte del extranjero en la sobremesa. Me falta el café laxante de la Facultad de Medicina, el verde de película de su jardincillo. La Gala de Sexto, la Arsacio, tomar el sol en las columnas de la entrada. Las historias de desamor contadas en los bancos de los pasillos. Me falta desayunar “media de tomate” o terminar la fiesta a la mañana del día siguiente y pedir unos churros en el Café Fútbol. Echo de menos la ciudad que no duerme. Las visitas sin avisar, sólo porque “pasabas por ahí”. Echo de menos las cañas con su tapa, los camareros malafollá y cenar a medianoche al grito de “cerramos la cocina”. Esas personas que, más por dedicación que por tiempo se han convertido en los amigos “de toda la vida”. Granada es magia, es ir de noche por el Paseo de los Tristes con el sonido del Río Darro bajo tus pies. Es vivir intensamente, escribir historias de amor destinadas a durar toda la vida.

Y es que sólo hay un sitio en el mundo que provoque tanta nostalgia, ternura y deseo por regresar como ese al que cada uno de nosotros acabamos llamando, cariñosamente, “mi Graná”.

La Toscana esconde numerosos pueblecitos medievales en la cima de sus montañas. Están comunicados con combinaciones de autobuses y trenes que sólo pude descifrar gracias a mi compañero de piso.

Volterra es uno de ellos. Ya especial desde la ventanilla del autobús. En la oficina de turismo hay una chica guapísima que te enseña todo lo que hay que ver con una sonrisa y un mapa. Se puede comer en la plaza de armas a precio razonable mientras la televisión grita por encima de las voces de varios italianos que despotrican contra el gobierno.
Cada esquina de Volterra es como mirar hacia atrás en el tiempo. En invierno hace bastante frío. Y es entonces cuando te metes en el duomo para resguardarte. Es como una miniatura de duomo, mini duomo. Y rezas todo lo que sabes a pesar de que hace años que ni siquiera rezas, sólo para poder quedarte dentro un poco más.
Hay una plaza justo fuera de la muralla donde se coge el autobús de línea para volver. A las 18:30 pasa el último. Y entonces vas media hora antes para no perderlo. Y descubres una de esas cosas que, igual, si no te hubieran obligado a estar allí a esa hora, ni siquiera hubieras visto.
Poco a poco, las montañas completamente verdes se van oscureciendo. Y el sol va cantando una melodía de claroscuros mientras se pone detrás de los árboles de la parada del autobús.
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Y cuando el conductor aparca en la plaza con puntualidad germana una pareja se besa en la puerta. Él se queda, ella se va. Se abrazan, se besan. Se abrazan y se besan… El conductor grita un “ya está bien” versión italiana y por fin te puedes montar en el autobús. Piensas en lo efímero del amor separado por una línea de tren, autobús o avión. Lo agridulce de querer a distancia.
Miras por última vez Volterra. Quiero volver a ver ese anochecer. Robar un beso de atardecer toscano.
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