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Archive for the ‘Amistad’ Category

Ayer hizo 27 años que me casé, y un año que nos abandonó el padre franciscano José Antonio Matías Villahoz.

Pensé escribir una entrada; y, de hecho, lo hice. Pero era demasiado triste, un tanto desesperanzada. Y la eliminé. Pensé que él no hubiera querido que su recuerdo me hiciera estar triste, y mucho menos transmitir tristeza a los que le conocían y querían; puesto que él transmitía siempre alegría y sosiego. Así que dejé pasar el día. Y hoy es otro día, un día en el que acabo de volver de San Francisco, de su iglesia. Y cuánto han cambiado las cosas de ayer a hoy.

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Han cambiado porque ayer fui al baloncesto y disfruté viendo ganar a mi equipo, vi el igualado (y aburrido) partido entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, salí a cenar y disfruté de una estupenda noche en familia. Y esta mañana he ido a San Francisco a Misa de 12. Y al estar allí, en recogimiento, y oyendo la homilía de Fran sobre el significado del bautismo de Jesús -magnífica como siempre-, he comprendido que ayer y hoy son días estupendos y maravillosos.

Son días estupendos y maravillosos porque ayer hizo un año y hoy hace un año y un día que el padre Matías nos dejó para encontrarse finalmente con Aquél que dio sentido a toda su vida. Y doy gracias a Dios todos los días por haberme dejado conocerle y por haber tenido el privilegio de oírle unos cuantos años de mi vida. Y por tener la suerte de que me aguantara. He recordado en la iglesia cuanto le gustaba el fútbol, y fumar, y reír y me ha parecido oírle diciendo “Ay, Manuel, ay Manuel… que tonta es esta mujer” con su acento entre castellano viejo y andaluz profundo, tan entrañable. Y he recordado al padre Onofre, su comprensión y cariño en aquéllos días. Y lo egoísta y desagradecida que he sido al estar triste.

Es que tengo que dar gracias no sólo por haberle conocido, sino porque, una vez que marchó, me ha dejado a maravillosas personas con las que comparto una cercanía y un afecto que no podía imaginar. Sus hermanas, con las que hablo menos de lo que quisiera, pero siempre tan dispuestas y tan cariñosas. Y que decir de su gente (y ahora mía), de Chipiona: Rebeca, una estupenda mujer y madre, ejemplo de fortaleza y vitalidad (y aunque igual no deba decirlo, guapísima); Mari Carmen, maravillosa, siempre con la palabra adecuada, de esas personas que tienen un sexto sentido para saber cuando algo no está bien por más que intentes desviar la cuestión. Y Loli, gran ejemplo de alegría, que vive dando su vida a los demás, aunque ya no está en Chipiona y tiene que volver a Granada para mejorar ese café que compartimos.

Por eso, hoy que hace un año y un día que marchó junto al Padre, sólo puedo dar gracias por tantas y tantas cosas como Dios me ha dado. Y tantas como me dio Matías en su vida y tantas como me ha dejado después. Soy una mujer muy afortunada. ¡Gracias, Matías!

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Recuerdos de Pisa

Mi erasmus en Italia no puede calificarse de otra forma que de aventura. Creo que, en todos los años que he estudiado en Granada, no me han pasado tantas cosas, tantos altibajos como los que he vivido en los diez meses que pasé en Pisa.

Noticia: los paisajes verde Titanlux de la Toscana no son casuales, los respaldan meses y meses de lluvias sin fin.

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Dicho esto, empecemos por el principio. En el ecosistema italiano existe una especie especial y autóctona que no se encuentra en ninguna otra región del mundo: los caseros. Los erasmus los describen como “ese ser al que, cuando crees haber timado, te ha timado él a ti tres veces”. Y puedo decir sin miedo a equivocarme, que ningún erasmus llega al país de los spaghettis preparado para lo que se encontrará allí. Así pues, me propuse a emprender la más surrealista de las incursiones en la cultura italiana: la búsqueda de un piso.

A este punto, más de uno de mis colegas erasmus hizo sus maletas y volvió al sol de la amada España. Algunos valientes quedamos allí, dispuestos a todo (bueno, casi) por encontrar un lugar habitable.

Para resumir me referiré a un par de términos comunes en la búsqueda de casa. “Vicinissimo” es cualquier distancia que el ser humano pueda recorrer a pie en una hora; “ristrutturato” quiere decir que te van a alquilar la casa mientras le hacen las obras y “4:1” es la proporción inquilinos:baños que entra en los cánones de comodidad estudiantil italiana. Así las cosas alquilé una pequeña habitación en el centro de Pisa en un piso a compartir con tres chicas más donde sobreviví a meses de relámpagos, lluvia, truenos y días en los que parecería que el cielo caería sobre nuestras cabezas.

Con el tiempo descubrí que las paredes de mi habitación estaban hechas con unos tablones de madera, que un simple estornudo de mi compañera de casa retumbaba en mi cuarto, o que la luz del pasillo y de la habitación de mi compañera entraba por encima de la pared. Eso sin olvidar que pagaba bastantes euros de alquiler más que ella. En resumen, que mi estimadísimo “casero italiano” me estaba timando de lo lindo.

Valientemente (no se me ocurre otro adjetivo) negocié otra casa a la que mudarme. Parecía estupenda. Tenía salón, impensable en Italia. Hice mi mudanza. Apenas llevaba allí viviendo un par de días descubrí una gotera en el techo. No una pequeña gotera… no, aquello semejaba las Cataratas del Niágara. Llamé airada al nuevo casero. “No, no te puedes quedar ahí”. “Arreglaré el problema y te llamaré cuando puedas volver”.

Total, que maletas a cuestas decidí volver a la habitación de los tablones. Cuando llego y toco a la puerta, descubro ¡que en mi habitación ya estaba viviendo una sueca! ¿En serio?

Situación: lluvia, truenos, relámpagos + niña sin casa. Creo que nunca en mi vida estuve más cerca de dormir debajo de un puente. Circunstancia que, oportunamente, coincidió con mis primeros exámenes en Pisa.

Sin embargo, y a pesar de todo, la conclusión es positiva. Tenía unos amigos que me dejaron quedarme en su casa casi un mes mientras encontraba un nuevo alquiler. Gente altruista, que no pidió nada a cambio. Aquellos cuya hospitalidad, en el peor momento, el dinero no puede pagar. Nunca me quedé en la calle porque gente a la que apenas conocía de unos meses, se ocupó de mi. Con ellos estudié mis primeros y durísimos exámenes en italiano, mientras nos preguntábamos, los unos a los otros, si los profesores habían sido generosos. Compartimos incontables cafés de 35 céntimos. Y empezamos a medir la vida en unidades del 0 al 30. Algunos exámenes se rindieron fácilmente, y fueron cayendo como fruta madura de un árbol. En otros, como en pediatría, hubo que ir a recoger el fruto a la copa de un pino (y más allá).

Llegó el verano y salió el sol. Y yo estaba en la maravillosa Toscana. Con “Igiene” dije adiós a mi última tarde de estudio en la biblioteca de Filosofía. Y a pesar de que mi erasmus se había acabado ya, quise quedarme allí un mes más.

Hice fiestas, me apunté a un equipo de fútbol, hice más deporte que nunca, cené, viajé y viví con italianos, e incluso tuve tiempo de enamorarme de alguno. Conocí amigos de esos que son para toda la vida. Y, desde el momento que cogí el avión de vuelta a casa, supe que dejaba un trozo de mí en aquella preciosa ciudad de torres que se tuercen y techos con goteras.

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ImagenEcho de menos Granada. Me falta mirar por la ventana y ver Sierra Nevada. Las calles serpenteantes del Albaizin y su olor a incienso. Subir y bajar sus cuestas. Ver la Alhambra desde tantas perspectivas como si llevara un caleidoscopio en la mano. Atardecer en San Nicolás con una 1925 en la mano y el sonido de una guitarra flamenca y una garganta desgarrada. Echo de menos la paella del domingo en casa de la abuela y arreglar el país y parte del extranjero en la sobremesa. Me falta el café laxante de la Facultad de Medicina, el verde de película de su jardincillo. La Gala de Sexto, la Arsacio, tomar el sol en las columnas de la entrada. Las historias de desamor contadas en los bancos de los pasillos. Me falta desayunar “media de tomate” o terminar la fiesta a la mañana del día siguiente y pedir unos churros en el Café Fútbol. Echo de menos la ciudad que no duerme. Las visitas sin avisar, sólo porque “pasabas por ahí”. Echo de menos las cañas con su tapa, los camareros malafollá y cenar a medianoche al grito de “cerramos la cocina”. Esas personas que, más por dedicación que por tiempo se han convertido en los amigos “de toda la vida”. Granada es magia, es ir de noche por el Paseo de los Tristes con el sonido del Río Darro bajo tus pies. Es vivir intensamente, escribir historias de amor destinadas a durar toda la vida.

Y es que sólo hay un sitio en el mundo que provoque tanta nostalgia, ternura y deseo por regresar como ese al que cada uno de nosotros acabamos llamando, cariñosamente, “mi Graná”.

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PCE

No tengo mucho ánimo para escribir nada, pero no podía resistirme a decirle un ¡hasta pronto! desde aquí al que, durante tres años ha sido mi confesor y un apoyo importante para mi. El padre franciscano José Antonio Matías Villahoz ha fallecido esta mañana como consecuencia de una larga enfermedad.

Era paciente de mi marido, y como no, nos ayudó y aconsejó en muchísimas ocasiones desde que me diagnosticaron mi leucemia. Nunca le vi quejarse, jamás cuando yo le comentaba mis cosas dejó traslucir un mal gesto o una pequeña desgana. Siempre, cuando le llamaba por teléfono, estaba disponible. Recuerdo este pasado mes de julio, con un calor que derretía las piedras; que había quedado con él a las 7 de la tarde para confesar y yendo a encontrarme con él a la Iglesia de San Francisco, me crucé con otro padre franciscano, el padre Chacón; que me preguntó a donde me dirigía. Le contestè que iba a confesar con el Padre Matías y muy serio me miró y me dijo: hija, no hay pecado que justifique esta confesión, así que no importa que le dejes plantado. Y es que el calor era ya penitencia más que suficiente. Pero no le dejé, me hacía demasiado bien como para poder prescindir de su confesión.

Siempre que hablábamos recordaba lo que me había dicho una de las primeras veces que me confesó: PCE. El repetía una y otra vez que ante cualquier obstáculo en nuestra vida sólo debíamos enfrentarlo con tres palabras de iniciales PCE. Paciencia, Constancia y Esperanza. Con esta enseñanza, y con la ayuda de Dios con quien él esta ya, enfrento hoy su ausencia.

Nunca olvidaré el ejemplo de este franciscano palentino y un poco de Chipiona; profesor en la Facultad de Teología de Granada, el mejor conocedor de Tierra Santa;  y excelente amigo, que, desde hoy pide por mi. Estoy segura. DEP

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Hoy es una noche especial, una noche de pedir deseos imposibles y esperar a que, quizás, por ser hoy, se cumplan.

En pocos días me voy a Italia. Con un poco de desasosiego, allí me esperan tres terribles exámenes y las temibles rotaciones de practicas. Y me da pena dejar mi ciudad. Granada la bella, dejar otra vez a mi familia, a mis amigos, y en especial, perderme muchos días de estar con Schwan, y de que hagamos muchos planes para ir y venir.

Por eso, SSMM, el regalo que quiero para este año son vuelos de Ryanair con destino Pisa. Quiero que Schwan venga a verme y viajemos por la preciosa Toscana. Quiero cocinar para mis amigos en la cocina de mi nueva casa. Subirme en el coche y que el GPS me hable en italiano. Seguir carreteras serpenteantes rodeadas de olivos y llegar a rarísimos pueblos toscanos inexistentes en las guías de viajes. Beber vino, bajar en bici a la playa. Abrazar muy muy fuerte a mi familia en la puerta de embarque y, en definitiva, sacar el mayor provecho posible de esta maravillosa oportunidad que es la erasmus.

Y bueno, en lo que atañe a las cosas mas materiales, me gustaría que el señor Griñan nos pagase algo de la beca un año de estos, que la franquicia Mercadona abra una sucursal en Pisa, que mis generosos visitantes españoles me traigan unas buenas lonchas de jamón ibérico en su equipaje de mano y que el Granada siga en primera un año más (que con esto de la erasmus ni un partido he visto, oigan). Por ultimo, que los profesores italianos queden prendados de mi acento español y me aprueben en masa los exámenes (valeeee, yo pondré de mi parte y estudiaré algo…)

Nada mas. Me voy a acostar prontito para que os podáis poner manos a la obra. Intentad hacer saber a Schwan cuanto la voy a echar de menos estos seis meses. Y al plasta de mi hermano y a mi padre. Pero sabed que me voy para ser una mujer de provecho. Nadie cantará a Tiziano Ferro con un acento tan perfecto como el mío.

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Dicen que ya no hay dragones, que nunca existieron, que son mitos, productos de las épocas infantiles de humanidad. Pero quien dice eso es que no entendió la historia: que mire a la calle, a las aceras, a la casas y verán si no hay dragones. Donde hay miedo, hay dragones: Fieras que secuestran vidas, que destruyen reinos, que hacen que la angustia, el miedo y la impotencia griten a través de las lágrimas. Dicen que no hay dragones. ¡Que sabrán!

Hace cuarenta años que se decidió que no íbamos a resignarnos. Cuarenta años ya desde que se decidió hacer cuanto de cada uno dependiera por alcanzar un mundo sin dragones. Puede parecer que hicieron poco, pero consiguieron mucho.

Hicieron que el mundo se desgarra cada 28 de julio; que un viejo anuncio de zumos sea el honor más alto; que una habitación en medio de una ciudad aparezca cada semana en medio de las tierras vírgenes; que fuéramos constantes, feroces, veloces, incansables y seguros; hicieron que pasáramos largas noches en la selva y que supiéramos que a veces basta con destilar un silencio; que entendiéramos que a veces la vida es amarga, el amor es suave y que quizá la muerte sea dulce. Consiguieron que entendiéramos que luchar merecía la pena, que cada partida es un nuevo comienzo. Y qué diablos, hicieron posible que algunos conociéramos al amor de nuestra vida. Consiguieron que supiéramos que estarán a nuestro lado cuando lloremos y cuando ríamos, que supiéramos que el mejor amanecer es el que se ve con vosotros.

Ha sido un orgullo servir a vuestro lado, crecer a vuestro lado, construir con vosotros ese mundo sin dragones. Si alguna vez me preguntan no, no diré que sois scouts: porque sois caballeros con pañoleta.

Tomado de @dronte

 

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Hace escasamente dos días que volví de Israel. Allí me llevé varias sorpresas más que agradables. La primera respecto al idioma español. Y es que, nada más aterrizar en el aeropuerto nos hablaron en español. Con un innegable acento argentino. Un judío emigrado del país americano. Nada fuera de lo normal. Al fin y al cabo, Israel está lleno de inmigrantes de origen español, hispanofilipino o hispanoaméricano.

Llegamos al hotel y me dispongo a mostrar mi mejor inglés a la recepcionista. No hace falta, habla español. Nivel completamente nativo.

Salimos a la calle y nos perdemos. Preguntamos, en español: “¿Cómo se va a tal calle?” El israelí empieza a respondernos… ¡en español! Como veo que su nivel del idioma no es especialmente bueno, le contesto en inglés, a lo que replica:

No, no, háblame en español.

Con lo que seguimos nuestra conversación. Esto no ocurrió ni una ni dos veces, sino ¡cada vez que parábamos a un israelí por las calles! Misma escena: “háblame en español” en Tel Aviv, en el Mar Muerto, en Jerusalén…

¿Sabíais que en Israel hay ocho cadenas de televisión 24 horas en español con subtítulos en hebreo? Excluyo, naturalmente a TVE internacional, que no es para consumo israelí, claro. En los colegios israelíes, la segunda lengua extranjera es el español. De tal manera que cada israelí que termina su etapa escolar ha estudiado dos o tres años de español.

Nos encontramos con algunos casos realmente curiosos. En concreto, en el kibutz donde pasamos una de las noches, conocimos a un judío que hablaba hebreo, turco y español. De familia sefardí, sus ancestros abandonaron la península en el siglo XVI para emigrar a Turquía (por el decreto de expulsión de los judíos). Y posteriormente llegó a Israel. Pues bien ¡su familia había conservado el español desde el siglo XVI! ¡seis siglos! Lo hablaba perfectamente. Eso sí, con las normas de entonces. En realidad… era como hablar con un personaje del Quijote.

La universidad de Tel Aviv permite a sus alumnos examinarse en español. En Israel se publica prensa en español, se escucha música en español, siguen nuestra liga de fútbol en español… La mayoría de universitarios realiza estancias formativas en países de hispanoamérica. El español en Israel ha sido conservado y, hasta la fecha, es una de las lenguas maternas. Convive con las lenguas oficiales: el hebreo y el árabe.

Os invito a entrar en un restaurante de Tel Aviv donde no haya un cartel que diga “se habla español”. En ningún viaje por el extranjero había hablado tanto español. Una experiencia sólo comparable a la de viajar a hispanoamerica. Toda una sorpresa, y un dato desconocido para los hispanohablantes.

Gracias, hermanos israelíes, porque en ningún momento nos sentimos extranjeros en vuestra casa.

Algunas noticias externas:

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