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Archive for the ‘Viajes’ Category

El síndrome del eterno viajero

Me veo obligada a compartir este precioso vídeo que retrata, en parte, mi filosofía de vida (o mi enfermedad). No os pasarán desapercibidas las impresionantes imágenes de la vida diaria en Vietnam y Camboya, que tuve la inmensa fortuna de conocer allá por 2009.

“que lo único importante sea pensar en qué hacer en cada momento […] que cada día no sea un día cualquiera.”

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Recuerdos de Pisa

Mi erasmus en Italia no puede calificarse de otra forma que de aventura. Creo que, en todos los años que he estudiado en Granada, no me han pasado tantas cosas, tantos altibajos como los que he vivido en los diez meses que pasé en Pisa.

Noticia: los paisajes verde Titanlux de la Toscana no son casuales, los respaldan meses y meses de lluvias sin fin.

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Dicho esto, empecemos por el principio. En el ecosistema italiano existe una especie especial y autóctona que no se encuentra en ninguna otra región del mundo: los caseros. Los erasmus los describen como “ese ser al que, cuando crees haber timado, te ha timado él a ti tres veces”. Y puedo decir sin miedo a equivocarme, que ningún erasmus llega al país de los spaghettis preparado para lo que se encontrará allí. Así pues, me propuse a emprender la más surrealista de las incursiones en la cultura italiana: la búsqueda de un piso.

A este punto, más de uno de mis colegas erasmus hizo sus maletas y volvió al sol de la amada España. Algunos valientes quedamos allí, dispuestos a todo (bueno, casi) por encontrar un lugar habitable.

Para resumir me referiré a un par de términos comunes en la búsqueda de casa. “Vicinissimo” es cualquier distancia que el ser humano pueda recorrer a pie en una hora; “ristrutturato” quiere decir que te van a alquilar la casa mientras le hacen las obras y “4:1” es la proporción inquilinos:baños que entra en los cánones de comodidad estudiantil italiana. Así las cosas alquilé una pequeña habitación en el centro de Pisa en un piso a compartir con tres chicas más donde sobreviví a meses de relámpagos, lluvia, truenos y días en los que parecería que el cielo caería sobre nuestras cabezas.

Con el tiempo descubrí que las paredes de mi habitación estaban hechas con unos tablones de madera, que un simple estornudo de mi compañera de casa retumbaba en mi cuarto, o que la luz del pasillo y de la habitación de mi compañera entraba por encima de la pared. Eso sin olvidar que pagaba bastantes euros de alquiler más que ella. En resumen, que mi estimadísimo “casero italiano” me estaba timando de lo lindo.

Valientemente (no se me ocurre otro adjetivo) negocié otra casa a la que mudarme. Parecía estupenda. Tenía salón, impensable en Italia. Hice mi mudanza. Apenas llevaba allí viviendo un par de días descubrí una gotera en el techo. No una pequeña gotera… no, aquello semejaba las Cataratas del Niágara. Llamé airada al nuevo casero. “No, no te puedes quedar ahí”. “Arreglaré el problema y te llamaré cuando puedas volver”.

Total, que maletas a cuestas decidí volver a la habitación de los tablones. Cuando llego y toco a la puerta, descubro ¡que en mi habitación ya estaba viviendo una sueca! ¿En serio?

Situación: lluvia, truenos, relámpagos + niña sin casa. Creo que nunca en mi vida estuve más cerca de dormir debajo de un puente. Circunstancia que, oportunamente, coincidió con mis primeros exámenes en Pisa.

Sin embargo, y a pesar de todo, la conclusión es positiva. Tenía unos amigos que me dejaron quedarme en su casa casi un mes mientras encontraba un nuevo alquiler. Gente altruista, que no pidió nada a cambio. Aquellos cuya hospitalidad, en el peor momento, el dinero no puede pagar. Nunca me quedé en la calle porque gente a la que apenas conocía de unos meses, se ocupó de mi. Con ellos estudié mis primeros y durísimos exámenes en italiano, mientras nos preguntábamos, los unos a los otros, si los profesores habían sido generosos. Compartimos incontables cafés de 35 céntimos. Y empezamos a medir la vida en unidades del 0 al 30. Algunos exámenes se rindieron fácilmente, y fueron cayendo como fruta madura de un árbol. En otros, como en pediatría, hubo que ir a recoger el fruto a la copa de un pino (y más allá).

Llegó el verano y salió el sol. Y yo estaba en la maravillosa Toscana. Con “Igiene” dije adiós a mi última tarde de estudio en la biblioteca de Filosofía. Y a pesar de que mi erasmus se había acabado ya, quise quedarme allí un mes más.

Hice fiestas, me apunté a un equipo de fútbol, hice más deporte que nunca, cené, viajé y viví con italianos, e incluso tuve tiempo de enamorarme de alguno. Conocí amigos de esos que son para toda la vida. Y, desde el momento que cogí el avión de vuelta a casa, supe que dejaba un trozo de mí en aquella preciosa ciudad de torres que se tuercen y techos con goteras.

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Llegamos a la Ciudad Vieja de Jerusalén por la Puerta de Yaffa. Esa misma por la que durante siglos entraron los peregrinos y nos adentramos en David St. Igual es cosa solo mía, pero esa calle estrecha, transitada en exceso y con diminutas tiendas a cada centímetro de sus lados, me recordaba, en cierto modo, a la alcaicería de mi Granada natal. Recorrimos esa calle de arriba a abajo unas tres o cuatro veces, me sentía emocionada por dejar las grandes avenidas de Tel Aviv y sumergirme en el íntimo olor a incienso de Jerusalén.

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El hostal que elegimos cumplia los requisitos de ser económico y estar en plena Ciudad Vieja. De esos que aparecen en la guía de Lonely Planet y Trip Advisor como “pintoresco”. Flanqueaban la entrada un par de árabes, que pedían, ceja alzada, que pagases el coste total de tu alojamiento. Las escaleras crujían bajo las alfombras que cubrían todo el suelo y un par de grietas y grapas de metal en la pared sugerían que no estábamos en el sitio más lujoso del mundo.

Sin embargo, todas mis objeciones terminaron cuando, al final de las escaleras, llegué a la terraza. El suelo no era horizontal, y subía y bajaba. Nadie había allí. Unos se duchaban y otros chateaban en la planta de abajo, el último lugar donde llegaba la cobertura de internet.

Sin señal. Incomunicada. Tan emocionada con lo que veían mis ojos que empece a hacer fotos: panorámicas, más exposición, menos, arriba, abajo… Ni una sola de ellas me pareció buena. Era demasiado. Me deleité con ese momento. Tan borracha de felicidad que casi quería gritar. Sola, en ese techo. Pensé en esa colección de errores y de decisiones impulsivas como la que me llevó a pedir una beca a Israel de un día para otro. Y entonces me di cuenta: toda mi vida había conspirado para que yo estuviese en ese destartalado hostal.

A mi derecha la Ciudadela de David, delante de un manto de estrellas tan nítidas que prácticamente se veía su titileo. A la izquierda la Ciudad Santa y la Cúpula de la Roca. Sonaba de fondo música hebrea tradicional del concierto “Night Spectacular”. Realmente lo era.

Miré los adoquines de la calle, que brillaban ligeramente con el alumbrado público. Hay una pequeña plaza nada más atravesar la puerta. Desde allí se podía ir a la izquierda al Barrio Cristiano, a la derecha al Barrio Armenio, y al frente (por David St.) a la zona Este, que es el eufemismo con el que los judíos se refieren a la parte árabe.

De pie en esa terraza podía imaginar las heridas abiertas en los pies de los peregrinos, las bocas sedientas. La entrada del general Allenby a pie, y el sonido de sus palabras retumbando contra los muros de la fachada. Imaginé las tumbas de los arquitectos de la puerta, debajo de ésta. Según cuenta la leyenda, Suleimán los mandó ejecutar nada mas concluir su obra, porque el Monte Zion y la tumba del Rey David habían quedado fuera. Ví a un Santo Tomás incrédulo tocando las llagas de Cristo en la calle al Barrio Armenio. Hasta aquí vino el Profeta Mahoma desde la Meca, a la misma piedra donde Abraham casi sacrifica a su hijo Isaac.

No hay un recodo de la Ciudad Santa que no hable de milagros, masacres, religión o conquistas.

Hay que dormir, al menos una vez en la vida, bajo las estrellas de Jerusalén. En esta ciudad que sobrepasa lo humano.

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Quiero volver a Volterra

La Toscana esconde numerosos pueblecitos medievales en la cima de sus montañas. Están comunicados con combinaciones de autobuses y trenes que sólo pude descifrar gracias a mi compañero de piso.

Volterra es uno de ellos. Ya especial desde la ventanilla del autobús. En la oficina de turismo hay una chica guapísima que te enseña todo lo que hay que ver con una sonrisa y un mapa. Se puede comer en la plaza de armas a precio razonable mientras la televisión grita por encima de las voces de varios italianos que despotrican contra el gobierno.
Cada esquina de Volterra es como mirar hacia atrás en el tiempo. En invierno hace bastante frío. Y es entonces cuando te metes en el duomo para resguardarte. Es como una miniatura de duomo, mini duomo. Y rezas todo lo que sabes a pesar de que hace años que ni siquiera rezas, sólo para poder quedarte dentro un poco más.
Hay una plaza justo fuera de la muralla donde se coge el autobús de línea para volver. A las 18:30 pasa el último. Y entonces vas media hora antes para no perderlo. Y descubres una de esas cosas que, igual, si no te hubieran obligado a estar allí a esa hora, ni siquiera hubieras visto.
Poco a poco, las montañas completamente verdes se van oscureciendo. Y el sol va cantando una melodía de claroscuros mientras se pone detrás de los árboles de la parada del autobús.
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Y cuando el conductor aparca en la plaza con puntualidad germana una pareja se besa en la puerta. Él se queda, ella se va. Se abrazan, se besan. Se abrazan y se besan… El conductor grita un “ya está bien” versión italiana y por fin te puedes montar en el autobús. Piensas en lo efímero del amor separado por una línea de tren, autobús o avión. Lo agridulce de querer a distancia.
Miras por última vez Volterra. Quiero volver a ver ese anochecer. Robar un beso de atardecer toscano.

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Hoy es una noche especial, una noche de pedir deseos imposibles y esperar a que, quizás, por ser hoy, se cumplan.

En pocos días me voy a Italia. Con un poco de desasosiego, allí me esperan tres terribles exámenes y las temibles rotaciones de practicas. Y me da pena dejar mi ciudad. Granada la bella, dejar otra vez a mi familia, a mis amigos, y en especial, perderme muchos días de estar con Schwan, y de que hagamos muchos planes para ir y venir.

Por eso, SSMM, el regalo que quiero para este año son vuelos de Ryanair con destino Pisa. Quiero que Schwan venga a verme y viajemos por la preciosa Toscana. Quiero cocinar para mis amigos en la cocina de mi nueva casa. Subirme en el coche y que el GPS me hable en italiano. Seguir carreteras serpenteantes rodeadas de olivos y llegar a rarísimos pueblos toscanos inexistentes en las guías de viajes. Beber vino, bajar en bici a la playa. Abrazar muy muy fuerte a mi familia en la puerta de embarque y, en definitiva, sacar el mayor provecho posible de esta maravillosa oportunidad que es la erasmus.

Y bueno, en lo que atañe a las cosas mas materiales, me gustaría que el señor Griñan nos pagase algo de la beca un año de estos, que la franquicia Mercadona abra una sucursal en Pisa, que mis generosos visitantes españoles me traigan unas buenas lonchas de jamón ibérico en su equipaje de mano y que el Granada siga en primera un año más (que con esto de la erasmus ni un partido he visto, oigan). Por ultimo, que los profesores italianos queden prendados de mi acento español y me aprueben en masa los exámenes (valeeee, yo pondré de mi parte y estudiaré algo…)

Nada mas. Me voy a acostar prontito para que os podáis poner manos a la obra. Intentad hacer saber a Schwan cuanto la voy a echar de menos estos seis meses. Y al plasta de mi hermano y a mi padre. Pero sabed que me voy para ser una mujer de provecho. Nadie cantará a Tiziano Ferro con un acento tan perfecto como el mío.

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Si hay una sola noche en el año en la que podemos creer que los sueños se hacen realidad es esta. Porque es la noche en la que aprendemos que, por angosto que sea el camino, siempre podemos levantar la vista y mirar a las estrellas. Y cada noche de Reyes me convenzo mas de que tarde o temprano el cielo nos enseña el camino al lugar donde se realizan todos nuestros sueños.

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2011 ha sido un año muy duro. Así que yo solo quiero pedir un regalo. Uno solo y muy especial, en la noche mas mágica del año. Y es que el cisne y yo hagamos muchísimos mas viajes juntas. No soportandonos mutuamente la mayoría de las veces. Pero viviendo cada dia con la ilusión de mirar las estrellas. Sabiendo que cada bache en el camino tendrá su recompensa. Y ¿por que no? Pensando que hay sueños que si pueden hacerse realidad.

Así que hacemos una cosa, y que quede entre vosotros y yo. Si mañana por la mañana la señora Schwan me despierta con una sonrisa, sabré que me habéis escuchado y estaréis tramitando mi sugerencia.

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Hace escasamente dos días que volví de Israel. Allí me llevé varias sorpresas más que agradables. La primera respecto al idioma español. Y es que, nada más aterrizar en el aeropuerto nos hablaron en español. Con un innegable acento argentino. Un judío emigrado del país americano. Nada fuera de lo normal. Al fin y al cabo, Israel está lleno de inmigrantes de origen español, hispanofilipino o hispanoaméricano.

Llegamos al hotel y me dispongo a mostrar mi mejor inglés a la recepcionista. No hace falta, habla español. Nivel completamente nativo.

Salimos a la calle y nos perdemos. Preguntamos, en español: “¿Cómo se va a tal calle?” El israelí empieza a respondernos… ¡en español! Como veo que su nivel del idioma no es especialmente bueno, le contesto en inglés, a lo que replica:

No, no, háblame en español.

Con lo que seguimos nuestra conversación. Esto no ocurrió ni una ni dos veces, sino ¡cada vez que parábamos a un israelí por las calles! Misma escena: “háblame en español” en Tel Aviv, en el Mar Muerto, en Jerusalén…

¿Sabíais que en Israel hay ocho cadenas de televisión 24 horas en español con subtítulos en hebreo? Excluyo, naturalmente a TVE internacional, que no es para consumo israelí, claro. En los colegios israelíes, la segunda lengua extranjera es el español. De tal manera que cada israelí que termina su etapa escolar ha estudiado dos o tres años de español.

Nos encontramos con algunos casos realmente curiosos. En concreto, en el kibutz donde pasamos una de las noches, conocimos a un judío que hablaba hebreo, turco y español. De familia sefardí, sus ancestros abandonaron la península en el siglo XVI para emigrar a Turquía (por el decreto de expulsión de los judíos). Y posteriormente llegó a Israel. Pues bien ¡su familia había conservado el español desde el siglo XVI! ¡seis siglos! Lo hablaba perfectamente. Eso sí, con las normas de entonces. En realidad… era como hablar con un personaje del Quijote.

La universidad de Tel Aviv permite a sus alumnos examinarse en español. En Israel se publica prensa en español, se escucha música en español, siguen nuestra liga de fútbol en español… La mayoría de universitarios realiza estancias formativas en países de hispanoamérica. El español en Israel ha sido conservado y, hasta la fecha, es una de las lenguas maternas. Convive con las lenguas oficiales: el hebreo y el árabe.

Os invito a entrar en un restaurante de Tel Aviv donde no haya un cartel que diga “se habla español”. En ningún viaje por el extranjero había hablado tanto español. Una experiencia sólo comparable a la de viajar a hispanoamerica. Toda una sorpresa, y un dato desconocido para los hispanohablantes.

Gracias, hermanos israelíes, porque en ningún momento nos sentimos extranjeros en vuestra casa.

Algunas noticias externas:

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