Todavía escucho el deslizar de la lluvia por las bajantes. Sin duda, os ha tenido que caer el mismísimo diluvio de vuelta a casa. Y es que, en vuestro empeño de dejarme en mi puerta (de unos más que de otros… ejem, ejem), Granada ha decidido regalarnos un tormentazo.
Pero conviene empezar las historias por el principio, que no está mi prosa para adelantar acontecimientos. Como dignos universitarios (y licenciados, que alguno hay) decidimos disfrutar de una suculenta cena, mientras nos hacíamos mutua compañía y discutíamos sucesos varios de la vida real y la blogosférica.
El caso es que acudí a la cita teniendo en cuenta la fama de gran cocinero, no sólo por la calidad, sino también por la cantidad, que tiene el anfitrión (Lord Cromwell, a quien, espero que pronto conozcáis).

Mal comienzo, el chef se retrasa por encontrarse en una… ¿cita? con una señorita. Cuando comenzamos a cocinar, (bueno, una servidora, más bien a observar), concluimos que la comida era escasa. Dejé evolucionar a los varones en los fogones mientras pensaba: bueno, al menos, tenemos castañas.
Acabamos ya de comer, solo para descubrir, que teníamos más hambre que al principio. No desesperemos. Castañas. Mal asunto, que de un kilo de castañas, no salieron buenas más de tres. ¿Dónde cultivaron estas castañas? ¿En el infierno?
Un brindis: porque en la próxima cena, falte comida o postre. Pero no de todo, que anda que no somos desgraciados.
Ante a desesperación de tener que esperar a que se acabase otra tanda de castañas a alguien (no miro a nadie) se le ocurre hacerlas con la plancha. Desastre total. Cuando empezamos a buscar comida solo encontramos proteínas solubles y ensaladas… ¡Dejad de hacer dieta, quién os manda!
Balance final de la noche: tras la inanición de que fuimos víctimas, todos los convocados a la cena, huimos a comprar un gofre en la panadería 24 horas. Nos llovió a la vuelta…
Pero ¡qué gaitas! La felicidad está hecha de pequeñas cosas. Una pequeña cena… Un gofre a las 12 de la noche, bajo la lluvia… Una pequeña cena… Me he reido más que en mucho tiempo y no puedo esperar para volver a cenar con vosotros.
Jejejejeje, toda una aventura!! y si que nos llovió a la vuelta, de hecho durante unos segundos nos veíamos en mitad de alguna escena de la “Tormenta Perfecta” o que trascurriese en mitad de una cruenta lluvía que hacía casi imposible cruzar por ninguna calle de la ciudad nazarí!!!! Empapados y con el paraguas que no duró abierto ni 30 min… si es que todo lo que salió esa noche de casa de Lord Crowenl salia defectuosillo;)
Pero bueno, ahi queda el brindis para muchas cenas más, menos frugales que la presente… nada como tener un ensayo de cena para aproximar necesidades y resolver “pequeños” detalles de logística culinaria. Eso sí, de castañas a la placha… desde aqui hago un llamamiento sereno y serio para que todo aquel que, al menos durante unos segundos, se haya planteado alguna vez hacer castañas en una plancha electrica, renuncie sin dilación alguna a dicho empeño por el bien de sus comensales y por ahorro energítico…
Al frutero deberíamos ponerle una demanda por estafa… que salga de un kilo y poco de castañas tres buenas… esa casualidad es más dudosa que la victoria de Karzai en las pasadas elecciones afganas…
Pero en fin, que nos reimos mucho, y que vengan así todos los problemas, con risas y buen humor.
Un saludo
Mientras estaba leyendo te iba a dar la solución para la noche, pero antes de acabar ya vi que fuisteis inteligentes y la encontrasteis por vosotros solos
(Te iba a decir que esa situación la arregla un kebab :p … que no te puedes hacer una idea como eché de menos a los simpáticos moritos que venden estas cosas cuando estuve de viaje por Alicante, que a altas horas de la madrugada, con el estómago descompuesto tras incontables litros de cerveza, un kebab es mano de santo).
Pero para tormenta perfecta la que está cayendo mientras escrito este comentario. Que tengo clase en un rato y me estoy preguntando porqué me habré dejado la barca inchable en Motril… sigh!
Besos!
La vida es bella por que no es perfecta